Esta página explica, paso a paso, qué ocurre entre que describes a una persona y que aparecen tres ideas de regalo en pantalla. La publicamos porque una recomendación sin método explicado no se puede evaluar, y porque queremos que puedas descartar nuestras sugerencias con criterio cuando no encajen.
El formulario recoge cinco cosas y ninguna más: la relación que tienes con la persona, su edad aproximada, la ocasión, el presupuesto y una descripción libre de sus gustos.
Cada una cumple una función distinta. La relación fija el techo de intimidad aceptable: lo que funciona para una pareja resulta invasivo para un compañero de trabajo. La edad ajusta el registro, no el producto. La ocasión define las expectativas de quien recibe, porque un detalle de amigo invisible y un regalo de boda no compiten en la misma liga. El presupuesto delimita la categoría realista antes de mirar nada. Y la descripción libre es, con diferencia, la señal más informativa.
La descripción se normaliza y se compara con una taxonomía de intereses construida a mano. Esa taxonomía incluye alias en varios idiomas y expresiones coloquiales, de forma que «le va el punto», «hace ganchillo» y «teje» acaben en el mismo nodo de manualidades.
Es el punto donde más se nota la calidad de lo que escribes. «Madre» aporta casi nada: es una relación, no un interés. «Le gusta el jardín, hace yoga y viaja en escapadas cortas» activa tres ramas distintas y permite cruzarlas. Cuando el texto no activa ninguna rama reconocible, el sistema lo dice en lugar de inventarse una afinidad.
Los intereses detectados se cruzan con un catálogo de conceptos de regalo revisados manualmente. Cada concepto lleva asociados los intereses con los que encaja, un rango de precio orientativo, las ocasiones donde funciona y las relaciones donde resulta apropiado.
El catálogo contiene conceptos, no referencias de tienda: «auriculares con cancelación de ruido», no un modelo concreto de una marca concreta. Esa es la decisión de diseño que más condiciona el resultado.
El núcleo de la recomendación no es un modelo de lenguaje generando texto libre: es un sistema de reglas sobre un catálogo revisado. La misma entrada produce la misma salida, y toda sugerencia es trazable hasta el concepto del catálogo que la originó.
La razón es práctica. Un modelo generativo suelto produce ideas que suenan bien y no existen, inventa precios y encadena recomendaciones imposibles de auditar. Un catálogo revisado es más limitado, pero cuando algo falla se puede localizar y corregir. Cuando el catálogo no cubre bien lo descrito, sí se recurre a un modelo de lenguaje como apoyo, y el resultado se presenta con el mismo formato para que puedas juzgarlo igual.
Cada sugerencia lleva una advertencia sobre lo que puede salir mal con ese regalo en concreto. No es una puntuación de calidad: es el motivo por el que podrías equivocarte aunque el tema sea el correcto. Se compone a partir de los atributos del concepto en el catálogo, no de una impresión general.
Se muestran como mucho dos avisos por tarjeta. Con más, el bloque se convierte en un párrafo que nadie lee. Cuando no aplica ninguno, se dice también: significa que encaja de forma directa y no exige acertar talla, formato ni compatibilidad.
Cuando el catálogo no cubre bien lo que has descrito, la recomendación se apoya en un modelo de lenguaje externo. En ese momento sale información del dispositivo, y conviene ser exacto sobre cuál.
No se envía la frase que escribiste. Se envían dos cosas: las categorías de interés que el sistema ha reconocido, y grupos cortos de palabras de contenido extraídos de tu texto, de una a tres palabras cada uno.
Ese segundo elemento responde a un problema real. Antes solo se enviaban las categorías ya resueltas, así que el modelo únicamente podía reformular lo que el diccionario había entendido, nunca corregir lo que había entendido mal: «fotografía analógica» llegaba como «Fotografía» y volvía convertida en un marco digital. El matiz es justo lo que decide si un regalo acierta.
Antes de salir se elimina todo lo que pueda identificar a alguien: direcciones de correo, URLs, nombres de usuario con arroba, secuencias de dígitos —teléfonos, códigos postales, números de portal— y las palabras en mayúscula a mitad de frase, que en la práctica son nombres propios de personas y lugares. Esa última regla puede descartar de paso un interés escrito en mayúscula, y se acepta esa pérdida: se prefiere perder una señal a dejar pasar un nombre.
El proveedor recibe además la relación, la franja de edad, la ocasión, el tramo de presupuesto y el tono. Nunca la edad exacta, ni el presupuesto exacto, ni ningún identificador de cuenta.
Cada sugerencia se puede reportar desde la propia tarjeta. Los reportes indican qué se pidió y qué se recibió, y son la vía principal por la que se corrigen alias mal mapeados, conceptos mal etiquetados y rangos de precio desfasados. Es información que no se puede obtener de otra manera: el sistema no sabe que se ha equivocado hasta que alguien se lo dice.
Si prefieres escribir directamente, la dirección está en la página de contacto. Las reglas con las que se escribe el contenido están en la política editorial.